Laura Gariglio: “En mi trabajo fotográfico busco captar emociones y relaciones”

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Redacción Nuevo Día

21 septiembre, 2026

Desde Fuerteventura, en Canarias, la diseñadora y fotógrafa repasó su desarrollo profesional y artístico, analizó el impacto de la IA en la imagen y dejó su mirada sobre la experiencia de emigrar a España.

Por Cristian Walter Celis.

En el marco del Día del Fotógrafo, que se celebra cada 21 de septiembre, dialogamos con Laura Gariglio, diseñadora gráfica y fotógrafa leonense que desde 2002 reside en Fuerteventura, una de las islas Canarias (España).

“Desde 2010 me dedico a la fotografía documental de bodas y familias, aunque desde hace años también desarrollo proyectos fotográficos y artísticos personales en Fuerteventura. Me formé en Diseño Gráfico en Argentina y aquí continué capacitándome en fotografía y artes visuales”, cuenta la autora de El jardín de senderos que se bifurcan, un proyecto fotográfico realizado entre amigas en distintos lugares del mundo, tras su formación en este campo.

“La idea nació a partir de que todas vivimos un presente común y simultáneo, aunque no seamos conscientes de ello, y fue evolucionando hacia una reflexión sobre la presencia, la representación y las imágenes que producimos de nuestra vida cotidiana”, cuenta Laura. En 2025, el proyecto fue seleccionado para participar de la Hybrid Art Fair, la feria de arte contemporáneo de Madrid.

Laura y su trabajo en Hybrid Art Fair, Madrid.

Laura también finalizó el ciclo de Grabado Calcográfico en la Escuela de Arte de Fuerteventura, una de sus últimas especializaciones. Su trabajo final Después del blanco aborda la intensidad de la luz en Fuerteventura, uno de los temas que deslumbró a la leonense desde que llegó a la isla.

“Me interesa mucho moverme entre distintos lenguajes: fotografía, diseño, obra gráfica, archivo, nuevas tecnologías y proyectos colectivos”, describe. Entre sus incursiones, también se sumó a iniciativas que tienen a las mujeres como protagonistas.

“Participé en la edición del documental De Seneca Falls a Fuerteventura, que recoge la historia del feminismo en la isla, y formé parte de Tejedoras subversivas, un proyecto colectivo en el que desarrollé un trabajo relacionado con el calado canario”, cuenta Laura desde la isla que, un siglo atrás, también impactó al escritor Miguel de Unamuno.

En Canarias, Laura se dedica especialmente a la fotografía documental de bodas y familias.
El campo y la isla

Laura llegó a España junto a su hijo Gaspar y el papá de su niño en marzo de 2002. “Aquí ya vivía un familiar, lo que hizo que la isla fuera una posibilidad concreta. Argentina atravesaba una crisis muy fuerte y buscábamos un futuro que, en aquel momento, no veíamos demasiado claro allí”, cuenta.

Hoy vive con su pareja y continúa desarrollando su profesión en la isla. Gaspar, quien también se dedica al campo audiovisual, reside en Tenerife, otra de las islas Canarias. Ambos comparten su vocación por la imagen. “Hay una continuidad muy linda en ese interés, aunque cada uno haya encontrado su camino profesional. Tenemos una relación muy cercana y Gaspar forma parte fundamental de mi vida”, dice.

En tus trabajos, el paisaje de Fuerteventura está muy presente, ¿cómo es esta isla?

LG: Fuerteventura apareció porque ya había un familiar viviendo aquí, pero prácticamente no sabíamos nada de ella. Después, la isla dejó de ser simplemente el lugar al que había llegado para convertirse en el lugar donde fui construyendo mi vida.

Aquí no hay grandes ciudades sino mucho espacio, mar, viento, paisaje y una particular sensación de amplitud. La vida es bastante tranquila. Además, al trabajar con la imagen, se trata de un territorio muy potente: tiene una luz durísima, paisajes volcánicos, mucho vacío y una geografía que, visualmente, es muy distinta a nuestro querido Leones.

Con el tiempo, aquí construí mi profesión, mis relaciones, mis proyectos y mi vida cotidiana. No siento que viva “en España”, vivo en Fuerteventura, que es parte de las Canarias, cuya situación geográfica hace que estas islas tengan una identidad muy concreta y diferente a la peninsular.

Junto a su hijo Gaspar.

¿Qué lugares o situaciones te recuerdan a Leones?

LG: A primera vista, son muy diferentes. Leones está en medio de una llanura enorme y Fuerteventura es una isla volcánica rodeada por el Atlántico. Pero, curiosamente, hay cosas que para mí los conectan.

Una es el horizonte: en Leones, recuerdo esa sensación de mirar y que la vista llegue muy lejos sobre la llanura, mientras que en Fuerteventura ocurre algo parecido, aunque acá el horizonte termina en el mar o en grandes extensiones volcánicas.

Además, hay algo relacionado con la vida cotidiana: Fuerteventura no tiene grandes ciudades, sus núcleos urbanos son relativamente pequeños y todavía existe bastante esa sensación de pueblo -encontrarte con gente conocida, cruzarte varias veces con las mismas personas, saber quién es quién-, lo cual me resultó familiar desde el principio.

Postales leonenses, bajo la mirada de Laura.

Después, por supuesto, hay diferencias enormes. Una de las más evidentes es el paisaje: vengo de un lugar muy verde y agrícola a una isla árida y desértica, casi sin árboles en muchas zonas, y con una presencia constante del océano.

Por otro lado, en Fuerteventura convivimos con una temática muy importante: la migración. En esta época de radicalización, la situación migratoria es un problema gravísimo en toda Europa y en Canarias la vivimos de primera mano.

Duele muchísimo que las políticas de los países más ricos no ayuden de manera más eficaz a los países que atraviesan graves problemas sociales y económicos, y que tanta gente tenga que lanzarse al mar en busca de oportunidades. Canarias está muy cerca de la costa africana y Fuerteventura es una de las islas más próximas.

¿Cómo se vive eso?

LG: Aquí constantemente llegan pateras (NdR especie de barcazas) con personas que huyen de la violencia, la pobreza o la falta de oportunidades en sus países. Se intenta ayudarlas, pero lo más terrible, y algo con lo que convivimos, son las vidas que se pierden en el mar: la cantidad de personas que mueren buscando una oportunidad que muchas veces nunca llega.

En ese contexto con una identidad tan particular, Laura aprendió a integrarse a una cultura de la cual hoy se siente parte, aunque sus raíces leonenses siguen presentes. “Argentina sigue siendo mi país de origen, mi familia, mis recuerdos, mi infancia y una parte fundamental de quién soy; pero Fuerteventura es donde construí mi vida adulta, donde desarrollé mi profesión y donde siento que está mi casa. Después de tantos años,  aprendí que una cosa no elimina la otra”, asegura. 

Fuerteventura, según la fotógrafa leonense.
Imágenes en tiempos de IA

Con más de 20 años en Fuerteventura y una vasta trayectoria en comunicación visual y arte, Laura atravesó gran parte de las transformaciones que las nuevas tecnologías llevaron a cabo en el mundo de la imagen. 

“Por mi edad y formación viví la transición entre lo analógico y lo digital. Cuando estudiaba diseño en Córdoba, hacíamos todo a mano con Rotring, fotocopias y Letraset.  Luego, surgieron los ordenadores y programas de diseño, pero nada se parecía a la manera de trabajar actual. Después, llegaron Internet, las redes sociales, los teléfonos con cámara y una transformación completa de cómo producimos y consumimos imágenes. Ahora, la Inteligencia Artificial (IA) vuelve a modificar todo”, recuerda. 

Gran parte de esa transición la viviste en tus primeros años en la isla, ¿cómo fue integrarte profesionalmente a este lugar en medio de esos cambios?

LG: Bastante gradual. Mi formación inicial fue el diseño gráfico, que sigue siendo una parte importante de mi manera de pensar porque me enseñó a observar la composición, el espacio, el color y, sobre todo, a entender que una imagen comunica, mientras que la fotografía fue ocupando más espacio hasta convertirse en mi profesión principal.

Trabajo como fotógrafa autónoma especializada en fotografía documental de bodas y familias. Observo e intervengo lo menos posible. No me interesa convertir una boda o una familia en una producción con poses, prefiero estar atenta a lo que sucede y construir el relato desde ahí.

Con el tiempo, fui desarrollando una clientela y una forma de trabajo reconocible. Vivir de una profesión creativa supone aprender otras cosas que no tienen que ver con hacer fotos: gestionar un negocio, tratar con clientes, adaptarte a cambios tecnológicos, comunicar tu trabajo y seguir formándote.

Por eso, paralelamente, necesité conservar la otra parte más experimental, de allí mis participaciones en colectivos, en el taller de proyecto fotográfico FLEJE, el grabado. Esa combinación entre profesión y búsqueda personal me permite seguir teniendo curiosidad, después de tantos años.

Laura durante una clásica jornada de trabajo.

En base a tu trayectoria, y más allá de los cambios tecnológicos, ¿qué debe seguir teniendo una buena imagen para ser atractiva?

LG: Algo que haga que quieras quedarte mirándola. La foto puede ser técnicamente perfecta pero no decirte absolutamente nada. Incluso, puede tener pequeñas imperfecciones y, sin embargo, quedarse en tu memoria. La composición, la luz y el momento son importantes, pero hay algo anterior: la mirada de la persona que está detrás de la cámara. En mi trabajo busco especialmente emociones y relaciones.

Muchas veces, las fotografías más importantes no son las más espectaculares: puede ser una mirada entre 2 personas, una mano, una abuela abrazando a alguien, un niño haciendo algo que en ese momento parecía insignificante.

Además, el valor de esas fotos cambia con el paso de los años. Cuando hacés una fotografía hoy quizá estás fotografiando un momento cotidiano, pero dentro de 20 ó 30 años esa imagen puede convertirse en la memoria de una persona, de una relación o incluso de alguien que ya no está. Eso me interesa mucho.

Por eso, en las bodas y en las familias intento estar muy atenta a lo que sucede alrededor y no solo a los grandes momentos evidentes. La tecnología puede cambiar muchísimo, y de hecho lo está haciendo, pero la capacidad de observar sigue siendo fundamental.

Para la fotógrafa es crucial priorizar el momento, más allá del uso de IA en las imágenes.

¿Cuánto influyen esos cambios tecnológicos en tu trabajo? ¿Aplicás IA?

LG: Sí, la utilizo y me interesa muchísimo. La IA ya está integrada en herramientas que uso diariamente. Me permite seleccionar personas, generar máscaras, eliminar elementos, automatizar procesos que antes llevaban mucho tiempo o acelerar una edición.

En ese sentido, lo que más me interesa es su potencial dentro de la creación artística: no la veo sólo como una herramienta que ahorra tiempo, sino como algo que abre preguntas nuevas sobre la imagen. En El jardín de senderos que se bifurcan, por ejemplo, trabajé con ella.

Todavía estamos descubriendo qué puede significar crear imágenes de esta manera, pero hago una separación bastante clara: si estoy fotografiando una boda o una familia, no quiero inventar lo que no ocurrió. En cambio, en un proyecto artístico, puedo permitirme alterar, mezclar, investigar y cuestionar la naturaleza de la imagen.

Ahí está lo interesante: no tenerle miedo a la herramienta, pero tampoco utilizarla sin criterio. En ese sentido, lo complejo aparece cuando una IA puede generar una imagen que parece una foto, sin que aquello haya ocurrido. Ahí entramos en otro terreno.

Laura Gariglio: «Leones y Fuerteventura forman parte de quien soy. Se puede pertenecer a más de un lugar».

¿En qué sentido?

LG: Creo que cada vez será más importante saber qué estamos mirando. No es lo mismo una imagen creada con IA, que otra que registra algo que sucedió delante de una cámara. Eso no significa que una sea mejor que la otra. Son lenguajes diferentes.

Me preocupan las aplicaciones y los filtros que modifican nuestros rasgos. A la larga, esas intervenciones podrían dañar la percepción que tenemos de nosotros y de nosotras mismas, y llegará un momento en que tendremos dificultades para distinguir qué fue real y qué no.

En mi caso, como trabajo con fotografía documental, esa distinción me importa especialmente. Una foto de una boda tiene valor porque aquello sucedió: esa persona estaba allí, ese gesto ocurrió, esa relación existía en ese momento. Con la IA podemos crear imágenes extraordinarias, pero tenemos que empezar a desarrollar también una cultura visual que nos permita entender de dónde vienen éstas.

Fuerteventura, el reino del sol en Canarias.
Vivir lejos, sintiéndose cerca

Fuerteventura está a más de 8.000 kilómetros de Leones, y si bien por ahora Laura Gariglio no tiene previsto volver a radicarse en Argentina, los afectos natales siguen presentes. Sus reflexiones nos permiten interpretar que emigrar es un proceso flexible, en permanente desarrollo, que exige comprender la transición de un espacio a otro como una construcción personal pero también colectiva.

Más de 24 años en Fuerteventura, ¿qué fue lo más duro al llegar?

LG: Fuerteventura me recibió bien, aunque hubo un proceso de adaptación. Lo más difícil fue empezar nuevamente: entender cómo funcionaban las cosas, encontrar trabajo, construir una red de relaciones y acostumbrarme a estar lejos de muchas personas importantes.

Como suele pasar cuando uno emigra, al principio, trabajé como diseñadora pero también fui camarera, dependienta (NdR: vendedora) en una juguetería y en una tienda de ropa. Luego, durante 7 años tuvimos una pizzería con el papá de Gaspar. Aun así, nunca dejé de lado la parte creativa. El diseño siempre estuvo presente y, más adelante, apareció la fotografía.

Mi recorrido en Fuerteventura tuvo mucho que ver con ir adaptándome al lugar y a las circunstancias, sin perder lo que me interesaba. Cuando pienso en esa adaptación, surge una imagen de mis primeros tiempos aquí: la luz fortísima, casi cegadora. Recuerdo salir a la calle y necesitar entrecerrar los ojos porque todo parecía demasiado luminoso.

Años después, esa sensación derivó en mi proyecto Después del blanco. Hace tiempo comprendí que esa idea se parece a la experiencia de llegar a un lugar nuevo: al principio, no entendés sus códigos, sus costumbres ni su manera de relacionarse; tenés que aprender a mirar ese nuevo entorno y descubrir quién sos dentro de él. Con los años, la mirada se adapta. Algo parecido me pasó con Fuerteventura: poco a poco, dejó de ser el lugar al que había llegado para convertirse en mi lugar.

El mar, otro de los protagonistas del nuevo hogar de Laura.

A partir de esta experiencia de vida, ¿qué le dirías a jóvenes de Leones que quieren formarse y radicarse profesionalmente en España?

LG: Lo primero es que vengan con información y sin idealizar. Europa (y el mundo entero) están atravesando una etapa de polarización política preocupante. La intolerancia y la violencia son cada vez más intensas. Actualmente, España también tiene problemas importantes: vivienda muy cara, precariedad laboral y un costo de vida alto. Hay que conocer bien los requisitos legales, calcular el dinero necesario para empezar y tener un plan mínimamente realista.

Lo segundo, aceptar que, muchas veces, emigrar implica volver a empezar: quizás tenés estudios, experiencia o una vida profesional construida en Argentina, pero cuando llegás a otro país parte de eso hay que demostrarlo nuevamente. Se necesita hacer contactos, entender cómo funciona el mercado laboral y paciencia.

La tercera, aprender a adaptarte al lugar. Cuando uno emigra tiene que conservar su identidad, por supuesto, pero también entender que uno es quien está llegando a una sociedad que ya tiene sus costumbres, su historia y su manera de vivir. Hay que observar, aprender, aceptar las diferencias y no pretender que todo funcione exactamente cómo funcionaba en tu país.

Un momento de playa en Fuerteventura.

Por último, algo de lo que se habla menos: emigrar modifica la idea de pertenencia. Después de muchos años fuera, cuando volvés a la Argentina descubrís que vos cambiaste y que el lugar también cambió. A veces, aparece una sensación extraña: ya no sos completamente de allá, pero tampoco te sentís completamente de acá.

Durante un tiempo, eso puede resultar incómodo pero con los años se lo entiende de otra manera. No necesito elegir. Soy argentina, nací en Leones y esa historia sigue estando en mí, pero también llevo más de 24 años viviendo en Fuerteventura, donde me desarrollé. Las 2 cosas forman parte de quién soy y emigrar te enseña justamente eso: se puede pertenecer a más de un lugar.

Fotografías: Laura Gariglio.

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