Octubre tiene especial importancia en los orígenes de esta ciudad: la amenaza de un malón, la Virgen del Rosario y la inauguración del templo se cruzan en ese periodo de la historia local.
Por Margarita Mollar (*) | Especial para Nuevo Día.
La mañana del 1 de octubre de 1871 amaneció con un tufillo muy particular: el ambiente estaba enrarecido dando señales de que algo ocurriría, quizás el pampero sucio haría de las suyas, quizás se vendría un vendaval seguido de granizo.
Doña Cipriana Taborda, viuda de Hernández, era oriunda de Fraile Muerto (hoy Bell Ville) y hacía poco que había llegado junto a su único hijo Diógenes, de 16 años,másalgunos familiares y personal de servicio. Se habían asentado a pasos de la antigua Posta Los Leones, frente a la flamante Estación de trenes 159.
Plenamente consciente de lo que significaba comenzar una vida por estos lares, doña Cipriana, mujer valiente y bravía, atesoraba una larga experiencia sobre las dificultades que debería enfrentar a diario, como así también las peligrosas sorpresas en las que había que jugarse la vida. No en vano, a quien se aventuraba a transitar por estos caminos y, especialmente a radicarse, se lo “corajeaba a lo lión”.
Ese día, doña Cipriana tenía una espina clavada en el pecho. Intuía que el peligro iba más allá de una tormenta; que sería otra de las tantas embestidas de un malón, tal como lo confirmó, a media mañana, el jefe de la Estación de trenes. En la advertencia, se sumó el petitorio de Nazario Casas, jefe político del departamento Unión: los varones debían unirse al grupo de la Guardia Nacional.
Mientras su hijo Diógenes y unos pocos varones partieron a cumplir con el mandato, doña Cipriana y las mujeres a su cargo comenzaron a rezarle a la Virgen del Rosario para que protegiera sus vidas de las acechanzas del enemigo y de todo peligro, haciendo la firme promesa de levantar un templo en su honor, si el malón desviaba su rumbo y no ingresaba por el paraje.
El 4 de octubre de 1871, el jefe político del departamento Unión, con asiento en Fraile Muerto, se dirigió al ministro de Gobierno, Gerónimo del Barco, para poner en su conocimiento, de conformidad a lo ofrecido en el parte telegráfico del día anterior, todos los incidentes que habían acontecido durante “la invasión de indios” (NdR: según el término usado en el documento) ocurrida en dicho departamento en la mañana del 1º de ese mes y año.
Es así como nos enteramos que, a eso de las 8.30 de ese día, el jefe del departamento Unión recibió la confirmación oral de parte de un vecino que, desde la antigua Posta de Las Barrancas, pudo avizorar el avance de un malón. De forma inmediata, el jefe despachó 3 partidas exploradoras, con el encargo de pasarle el parte de todo cuando sucediere; mientras tanto tomó todas las medidas necesarias para movilizar a la Guardia Nacional, en el número que el caso requiriere.

Las noticias que llegaban desde los establecimientos del sur hacían suponer que el número de integrantes del malón era considerablemente extenso debido a la polvareda que levantaban y al retumbe de los cascos, lo cual quedó confirmado al mediodía por el comandante del Saladillo. A esta altura de los acontecimientos, el jefe departamental envió 2 avisos telegráficos, uno al ministro de Gobierno y otro a la Comandancia Militar de la Villa del Río Cuarto.
Reunidos en el sur, 50 hombres de la población inglesa del departamento Uniónsalieron al encuentro del malón, pero pidieron refuerzos a la Guardia Civil, la cual se puso a su disposición. Desde Saladillo llegó la noticia de que los nativos habían vadeado el río Tercero en varios puntos.
A las 16, el jefe de la Estación Los Leones avisó que pasaron por las inmediaciones de ese lugar, pero siguieron hacia el norte con dirección al Litín. La Guardia Nacional permaneció acuartelada, mientras varias divisiones de la misma recorrían los alrededores en todas las direcciones, tratando de reunir caballos para montar. Por su parte, la Infantería -que debía llegar desde Villa Nueva, tras el pedido con carácter de urgencia- no apareció hasta la madrugada del día siguiente.
Ni bien reunidas todas las tropas, se pusieron en marcha hacia Saladillo, esperando toparse con el malón al regreso del norte y emboscarlo. Por el contrario, allí se encontraron con la sorpresa de que éste, habiendo saqueado el establecimiento de don Pedro Araya y devastado al Saladillo, ya había emprendido la retirada al sur hacia las tolderías. Del casco de Araya se llevaron 1.000 cabezas de ganado, 2 mujeres y varios niños cautivos.
En ese marco,1 criollo junto a2ó3 ingleses rezagados, que buscaban reunirse con sus pares, se toparon con unos nativos a los que ahuyentaron: mataron a 1 de ellos y recuperaron caballos. La expedición fue totalmente infructuosa.
Debido a eso, al considerar que ya carecía de sentido seguir incursionando, la Infantería y la Guardia Civil emprendieron la retirada, quedando solo la partida de ingleses, que tampoco logró darles alcance, pues no sólo les llevaban 24 horas de ventaja, sino que los superaban en medios de movilidad y número: “entre 200 y 300 indios” integraban el malón, según la documentación histórica.

Promesa cumplida
Una década después de este suceso, el joven Diógenes Hernández regresó a Leones casado con doña Estaurófila Ana González Pesoa para radicarse definitivamente, tras ocupar una serie de cargos, tales como comisario de campaña, comandante de la Frontera Sur y administrador de la Colonia Tortugas.
Por entonces, la presencia de misioneros que celebraran misas e impartieran los sacramentos era poco frecuente por esas tierras del Señor. Fray Mamerto Esquiú, obispo de Córdoba, en su segundo año de ministerio episcopal, decidió salir a anunciar la Palabra a todos sin excepción. Por tal motivo, y a pesar de la enfermedad que lo acuciaba en sus últimos años de vida, se sometió a travesías por desolados caminos en lomo de mula, a caballo o en destartalados carruajes.
En 1882, mientras misionaba por el Curato de San Jerónimo, con sede en Fraile Muerto, fue visitado por Hernández para que se llegara a Leones a bendecir sus tierras y el lugar donde iba a erigirse una capilla.

El 2 de junio de ese año, Esquiú llegó a Leones, alojándose por 3 días en la casa de la familia Hernández, frente al Ferrocarril Central Argentino (FCCA), en cuyo lapso cumplió con su misión eclesiástica: ofició bautismos, comuniones y matrimonios; celebró misas en la pequeña capilla de la familia, siendo auxiliado por el párroco de Bell Ville, presbítero Ferreyra; y bendijo las tierras y sitios que había adquirido Diógenes Hernández, en especial el lugar donde habría de levantarse una capilla cuya patrona sería la Virgen del Rosario, en cumplimiento de la promesa hecha ante la amenaza del malón.
Y como pareciera que acá todo transcurre entre década y década, en1891 se formó la comisión protemplo Nuestra Señora del Rosario, presidida por Diógenes Hernández, siendo vicepresidente Domingo Benvenuto y secretario, Pedro Echenique.
El terreno -de 110 metros de frente por 119 metros de fondo- fue donado en partes iguales por Juan Canale y Elmira Rodríguez de Echenique con autorización de su esposo, según se lee en la escritura. Por su parte, Diógenes Hernández donó 200 pesos fuertes y los ladrillos para la construcción del templo, cuyo costo ascendió a 24 mil pesos moneda nacional, cubiertos en partes iguales por Canale y Benvenuto.
Lamentablemente, por disidencias políticas irreconciliables, Hernández renunció indeclinablemente a la presidencia, siendo reemplazado por Benvenuto. Al día de hoy, no está clara la fecha exacta de inauguración del templo, que fue en 1894, entre los días 27 y 28 de octubre, con la presencia del obispo de Córdoba Fray Reginaldo Toro.

Al año siguiente, también en el mes de octubre, Fray Reginaldo Toro repitió su visita para bendecir el templo y poner en funciones al primer capellán, presbítero Elmiro Ruiz, párroco de la Asunción (Marcos Juárez), a quien se le entregó una capilla en perfecto estado, cuya patrona era Nuestra Señora del Rosario.
La edificación constaba de altar mayor y púlpito, 2 campanas y 1 imagen de bulto para vestir cedida por la familia Hernández, con nuevo traje confeccionado por las damas católicas de Leones, la mayoría esposas de los miembros de la comisión protemplo. Esa primera imagen de la Virgen del Rosario, de unos 50 centímetros de alto, fue bendecida y entronizada el 8 de diciembre de 1895.
Según relatos orales, había llegado a Leones desde España. Cipriana Taborda, Ana Estaurofila González Pesoa, Leticia Minetti de Benvenuto, Magdalena Poquetino de Canale y Clotilde Martina de Igoillo, entre otras, le confeccionaron un vestido de color rosa claro con un manto celeste con bordes dorados, una mantilla de encaje y una corona dorada.La Virgen tenía cabellos oscuros naturales y ojos color miel. Su imagen estaba protegida por una burbuja de vidrio.
En 1915, fue reemplazada por otra escultura traída de Italia por el párroco Antonio Mosso, que aún se conserva. Hasta el momento, se desconoce el paradero de la primera imagen de bulto de la Virgen del Rosario que tuvo Leones.

(*) Historiadora. Autora y coautora de libros sobre la historia de Leones y de la Parroquia Nuestra Señora del Rosario.






